Asumo que cuando escuché por primera vez ‘What The Fav’ lo relacioné con un absurdo del tipo ‘six-seven’, que hasta el Papa interpreta en conexión con las nuevas generaciones. Nada más lejos. El anglicismo de moda -en forma de marca y unido a un corazón; éste, rosa- acapara la agenda y ha comenzado a hablar por sí mismo. Las marcas hablan. Las marcas sienten y hacen sentir. Con intención. Y también aunque no quieran. Cada impacto cuenta, pero sólo gana la autenticidad. Y la autenticidad nace de la verdad.
Si unimos marca y corazón, la actualidad nos lleva sin remedio a Ferraz. Al número 70 y alrededores. El partido que gobierna ha elevado varios grados más el termostato de una crisis reputacional sin precedentes. A la espera de conocer las conclusiones demoscópicas de la agenda política y judicial de la última semana, las últimas encuestas y los últimos resultados electorales reflejaban un respaldo al PSOE a la baja pero sostenido. ¿Qué le sostiene en su peor hora? Sin duda, la fidelidad. España es un país marcada y dramáticamente político. Y fiel en los mismos términos. Hasta consecuencias impensables. Hasta el punto de no ver lo que presenciamos. Esta fidelidad ha mantenido al partido como pilar del bipartidismo hasta nuestros días.
El PSOE actualizó su ideario y su imagen en la Transición. También en términos de identidad de marca. El recién fallecido José María Cruz Novillo diseñó el logo -imagotipo- de la nueva etapa del partido que Felipe González adaptó a la democracia liberal e hizo fuerte primero y sostuvo después en el gobierno. Desde 1982 hasta 1996. Unió el puño -que aún vemos levantar hoy- y la rosa, signo éste de la nueva aspiración de hegemonía cultural.
Fue en la campaña de elecciones a Cortes Generales de 2019, con Sánchez al frente, cuando renunció a la imagen del puño y la rosa para plasmar, junto a las siglas, el actual corazón rojo. El corazón pertenece a la época pop de la comunicación política. Esa en la que las palabras dieron paso a los iconos. Y los argumentos, a los mensajes líquidos. Los partidos compraron la idea. Los electores compraron el sentimentalismo. La marca avanzaba una decisión firme de consolidar un nuevo punto de partida. Quizá fue así.
La vieja marca está sumida ahora en su peor crisis reputacional en democracia. Y también su corazón. Quizá porque no le pertenece. No es suyo. No es auténtico. Si los vientos de la comunicación política soplan cada tendencia desde EEUU, también lo hizo el corazón más universal. El ‘I love New York’ y su bombeo al mundo. También desde 1977. En su caso, con motivo de una crisis económica y social de marca-ciudad. Llegó a ser tan bravo que el merchandising de otras grandes urbes del planeta lo tomaron como propio. En cambio, Nueva York no ha permanecido inmóvil. La historia de su corazón ha experimentado dos transformaciones, que han sido políticas. En 2023, en el contexto post-Covid, la primera persona del singular en sus inicios pasó al nosotros. De la expresión individual a la colectiva. “Salimos más fuertes”, ¿recuerdan?
La llegada a la Alcaldía de la capital del mundo el pasado 1 de enero de 2026 de un nuevo icono de la política -de la política pop- parece haber relegado por completo el corazón neoyorkino. Un viaje opuesto al que recorrió el PSOE en España ocho años antes. Esto es, el corazón convertido en mero símbolo de ida y vuelta. En la ciudad del presidente, el nuevo alcalde diluye la expresión del sentimiento de pertenencia. Siempre habrá un porqué.
Ambos fenómenos se suceden y llegan a compartir espacio temporal. Pertenecen a espectros compartidos. Responden a propósitos coincidentes y han logrado marcar la agenda. Si bien todas las marcas deben hacerse fuertes tratando de responder a las necesidades de sus públicos, algunas se empeñan en crearlas. Y sólo otras dan respuesta a los anhelos del corazón. Son éstas las que pueden cambiar el mundo a mejor.
La fuerza del corazón decide elecciones. Las marcas están llamadas a crear experiencias que marquen de por vida. Momentos icónicos que articulen un todo perfecto que derrita los muros del inconformismo. A veces lo logran. Así edifican la fidelidad de marca, que incluso puede llegar a ser transversal. Alejandro Sanz interpretó por última vez en 2017 una de sus letras más icónicas en el escenario español más icónico. El título de este análisis quedó inscrito para siempre en el alma del Vicente Calderón. A dúo con Laura Pausini, convertía esta última vez en más eterna si cabe. Y más universal. El corazón decide, pero es el alma la que no muere.
(Foto: Portada de ABC del miércoles, 20 de mayo de 2026).


