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  • El valor de una posición

    El valor de una posición

    Las etapas marcan el todo. La historia no es una larga autopista de trazado recto, sin cruces ni curvas. Para diseñarla así, necesitaríamos inteligencia artificial. Y no la reconoceríamos. Estos siete años de nueva etapa independiente me han permitido ver y vivir de nuevo el pulso real de las oportunidades y de las necesidades de una sociedad que, en efecto, espera un impulso que no llega mientras pelea para permanecer esperando.

    El rol de consultor de marketing y comunicación es, ante todo, un privilegio. El privilegio de elegir a quién se propone y a quien se ayuda. El privilegio de recibir propuestas. Y el privilegio de la mirada externa, liberada de condicionantes tan simples como pesados, que es la que realmente puede hacer que las organizaciones despeguen. La libertad de iniciativa y la capacidad de acción permiten impulsar -incluso reinventar- proyectos y forjar cambios. Cimentados siempre en una meta clara; también profesional: Todo lo que hacemos debe mirar al bien común. Esto es, inevitablemente, excluyente.

    Las etapas completan metas volantes. Y, como en todo buen plan, debe haber revisiones para fijar nuevos impulsos. Cuatro meses después de la última entrada en esta sección, el último en salir -y yo mismo- sigue creyendo que la capacidad de atraer es la que inclina el tablero de las decisiones. Que las razones deben estar supeditadas a la ilusión; sin ser ilusos. Que la verdad debe defenderse sin complejos. Que cada oportunidad empieza a ser real cuando se da el primer paso. Y que la confianza sigue el patrón de la escucha, la comprensión y la propuesta fiable de solución.

    Llevémoslo allí donde podamos ponerlo sobre la mesa. Donde nos permitan hacerlo. La política es, sin lugar a dudas, el ámbito en el que más urge recuperar la identidad de vocación de servicio, de autenticidad y de liderazgo. También necesitan atraer y convencer otros ámbitos institucionales y empresariales, en los que la particular competencia abarca valores y misión específica. En todo, la aspiración debe ser la misma: dotar a cada proyecto de la mirada, la ambición y la capacidad de posicionarse y ganar. Esto es, contagiar el mensaje a quienes lo esperan y hacerlo del modo que necesitan.

    ¿Qué no ha pasado desde 2018? España no es la misma de entonces. No somos los mismos desde entonces. En realidad, cada día supera en la práctica cualquier perspectiva de asombro. No me refiero a los millones de regalos que recibimos y que, en gran medida, ni tan siquiera percibimos como tales, pero son signos inconscientes de esperanza.

    Me refiero aquí a lo que nos impide, nos condiciona, nos ofende o nos desilusiona. Esto es, las adversidades que ponen en jaque lo que queremos ser y sentimos que no podemos alcanzar. La vivencia de demasiadas adversidades compartidas nos ha configurado de un modo renovado. Entre la consciencia y la inconsciencia de las causas y sus efectos, los despertadores suenan, las persianas se levantan y los atascos dibujan una masa en piloto automático. A veces, bañada en desesperación. Y esto necesita una respuesta nueva. Un mensaje diferente. Una iniciativa de esperanza.

    El tiempo pasa demasiado deprisa y demasiado despacio. ¿Quién lleva el control? ¿Quién demuestra la capacidad de transformar la sociedad y aspirar a algo mejor de veras? Es ahí, en esa búsqueda involuntaria, cuando alguien conoce a alguien con capacidad de despertar de letargos. Es la conexión humana en clave de trascendencia. Es la conexión consciente con quien genera esperanza.

    Quienes han logrado cambiar las estructuras lo han hecho por deseo y por convicción. Por convicción y por deseo. Es también el valor y la fuerza imparable -e incomparable- de una posición que ilumina. Que debe iluminar. Que sostiene. Que es capaz de creer y crear para que crean. Es el valor de una posición que es fruto de una decisión.