Si sabemos qué aportar a una sociedad mejor, no habrá renuncia negociable. Cada oportunidad nos debe llevar a esto. Por limitada que sea. Incluso en los momentos más adversos. Otros patrones pueden disputar la toma de decisiones, pero nunca ganarán el punto decisivo. La autoridad no les pertenece.
El miedo a perder asegura la derrota. Sólo ganamos cuando sumamos a nuestro proyecto al mayor número de personas. En política y cada organización. La diferencia es el ámbito de influencia.
Todo es liderazgo de personas. Todo es crecer atrayendo. Es proponer y es escuchar. Es resolver y es responder. Con equipos para ganar. Con los mejores, también en valores y en liderazgo, para impulsar el liderazgo mismo; para facilitar la adhesión y la identificación con los pilares del proyecto. La dimensión y la complejidad de cada empresa incrementa el número de aristas. En cada una de ellas, bien común y comunicación. Comunicación para el bien común.
Hoy, la derrota técnica es la incapacidad para tomar decisiones. Pero hay una derrota más profunda: la renuncia a defender aquello que creemos. Esta renuncia mina la confianza y su impacto social: los pilares de la reputación.
Por eso el combate es permanente. Porque la competencia condiciona y la competitividad exige excelencia. Es la pugna entre razón y emoción. En último término, entre libertad y control. Entre progreso y regresión. Gana el proyecto que aúna razón y emoción y es capaz de elevar su posición sobre el resto para atraer sobre el resto. Gana cuando garantiza libertad y propone un nítido escenario de progreso.
Este combate permanente exige estrategias permanentes. En base a cada tablero parcial. Las campañas electorales son las temporadas más agresivas de rebajas ante un electorado cada vez más inconformista y menos fiel, que sólo percibe que tiene capacidad de decidir en términos de voto. Y esta capacidad deriva en frustración cuando sus necesidades ni son atendidas ni tan siquiera escuchadas. La frustración se multiplica cuando los responsables públicos centran sus esfuerzos en lo que no es servicio, al tiempo que manosean el término.
Una gran marca es la que no acostumbra a descuentos. Muy al contrario, es la que atrae a cualquier precio porque sabe que lo que ofrece no conoce competencia. Una gran marca lo es cuando lo que ofrece responde a lo que buscan y necesitan sus públicos.
La política debe parecerse cada vez más a las organizaciones en términos de oferta y demanda. La clave es la satisfacción duradera. La decisión de compra es una decisión de poder. Y cuando es el poder lo que está en juego, decide el valor de compra. Los intangibles son los puramente incontrolables. Por eso el marco y el mensaje. Por eso la comunicación es intrínseca a la fidelidad.
La teoría es inútil sin acción. Y la inacción es garantía de derrota. Cerramos así el círculo para abrir las posibilidades. En el combate permanente, la anticipación es poder. El acuerdo entre distintos puede acercar planteamientos y visiones a un punto común y en beneficio de muchos, si no de todos. El acuerdo entre antagónicos nunca beneficia. Todos pierden. Pierde la libertad. Pierde el proyecto común. Pactar exige renuncias, pero no puede contemplar pérdidas. La dignidad de las personas, especialmente de los más vulnerables, es otro de los campos semánticos más pisoteados por acción y por inacción.
Ni siquiera está todo perdido cuando las circunstancias, los errores o la parálisis ceden terreno abonado. Siempre es posible resetear el tablero y, al mismo tiempo, blindar el proyecto de todas sus amenazas y renovarlo en sus cimientos. Sólo hay que tomar la decisión acertada y saber cómo y cuándo hacerlo. La estrategia: anticipación. Da igual el escenario. Hay dos acuerdos. El tercero es necesariamente evitable. Podemos elegir el bien, defender la verdad y crear belleza. Sí. Podemos crear lo que queremos que pase.


